Escribir

marzo 19, 2010

Él dice que no he escrito en años. Que debería pensar en trabajar, y que si pretendo hacer esto para vivir, que al menos haga el esfuerzo. Lo que no sabe es que una mujer que se gane una reputación como la de Corín Tellado o Louisa Burton, una vez encasillada tendría que escribir erotismo por el resto de su vida. También ignora que el hecho de vivir con él, no lo hace fácil. No sólo vivo con él desde hace un par de meses, lo deseo desde antes. Por su lado, él a mí me ve como su aprendiz. Para su corazón, yo soy su buena acción del año.

Y sí escribo, claro que lo hago. Pero sobre él. Sobre mí. Sobre nosotros. Dibujo con las palabras lo que no conoce, lo que cantan en silencio las paredes cuando vaga por la sala con un lápiz entre los labios. Acumulo bajo el colchón decenas de hojas rayadas hasta las esquinas, contándoles cómo me toca con la mirada, cómo sus palabras resbalan por mi piel cuando lee en voz alta y yo lo miro, desde el otro lado del sofá, sin saber cómo controlarme.

Hoy ha decidido aleccionarme. Es hora de que la pequeña pichón de escritora ponga manos a la obra. Basta de silencio, de hostilidad hacia el papel, dice. El muy inconsciente decidió hoy quitarse los zapatos y andar descalzo. Mis ojos pasan de los suyos, a su camisa a medio abotonar, a su pantalón de vestir que odia tanto después de un día en la oficina, a sus pies y luego al suelo. En el piso de parqué se debe estar frío. Quizás un poco incómodo, tal vez no podría aguantar su peso sobre mí, pero aquí vamos. Me concentro. O lo intento. ¿Quién va a querer leer un libro entero sobre nosotros dos? ¿O un poemario de cien estrofas sobre sus ojos y sus labios? Por eso no le digo, por eso no le muestro. Y lo dejo que hable. Claro, talento tengo, pero si no lo exploto, no soy nadie.

Mi carcelero se sienta frente a mí. Es demasiado, necesito un vaso de agua. Continúa, que yo te estoy escuchando. Si vuelvo a sentarme cerca, voy a caer. Hoy está cansado. Lo sé porque se desordena el pelo a cada rato y se pasa la mano por los ojos. Cosa que no está mal, si los ojos no fueran del color del mar y el pelo tan rubio. Y ni hablar de su espalda. Cada vez que se sienta en el sofá o frente a la computadora y yo me paro detrás, mi mirada se pierde por su nuca y hace esfuerzos por ver sus hombros por entre el cuello de su camisa.

Bien, el agua me enfrió un poco, pero ya vuelve a mirarme y me desnuda. Hoy tiene un brillo distinto, parece decidido. Por alguna extraña razón en mi cabeza suenan un saxofón y una trompeta con sordina. Como si me leyera la mente, se acerca al equipo de sonido y comienza a soñar un jazz que seguramente dejé a tiro esta tarde, justo cuando iba a sentarme a escribir y llegó él con vino. Se lleva la botella vacía a la cocina y cruza la sala. Cierra un poco las cortinas, escondiéndonos de las miradas lejanas pero dejando que las luces la ciudad nos acompañen. Yo, por mi parte, me pellizco en secreto. Debo estar soñando. O ebria, quizás. De todas, todas, alucino. No puedo mirar. Me volteo. Él se acerca por detrás y acerca la punta de su nariz a mi cuello. ¿Será posible? Así es, siento que se embriaga con mi olor y corta mi respiración con sólo un dedo. Lo pone sobre mi hombro y lo desliza hasta la mitad de mi brazo. Delante de mí hay un espejo de pie y en nuestro reflejo veo cómo cierra los ojos y me recorre el cuello de cerca sin tocarme. Sus manos se acomodan en mi cintura y despacio me dan la vuelta. Sin respirar, sin oír, sin saber dónde estoy, me tiene. Sólo me mira, pero no puedo. Un segundo más y me derrumbo. En medio del estupor miro al suelo y los veo. Todos mis papeles, mis cuentos, mis fantasías y mis desvelos revueltos, como si alguien los hubiera estado leyendo.

El viejo Rodolfo

marzo 14, 2010

Erase una vez un viejecito que vivía solo en su casita del bosque. Pasaba los días triste, sentado en un gran sillón rojo de espaldas a la ventana. El señor Rodolfo había sido músico de profesión y por el esfuerzo quedó un poco sordo. Todos sus amigos fueron muriendo de viejitos con el tiempo y otros ya casi no podían ni hablar. Él, que sí podía, no tenía con quién hacerlo. Todas las mañanas se levantaba cojeando y preparaba una taza de café que llevaba entre las manos hasta el sillón. Todo su recorrido diario consistía sólo en el trayecto que iba de su cama a la cocina, de allí al sillón y de regreso por las noches.

El señor Rodolfo se lamentaba de lo gris que era su casa pero como le daba la espalda a la ventana, jamás veía al sol salir. Él miraba con nostalgia su sombra proyectada en la pared pero no se fijaba en el dueño de la luz. Una tarde de primavera un pajarito azul pasaba por allí. Ese día el viejo estaba especialmente cascarrabias y al escucharlo cantar en la ventana le lanzó un adorno de cerámica. El pajarito salió volando indignado. A la mañana siguiente, café en mano, el viejito creyó haber escuchado una flauta. Al darse la vuelta, extrañado, se consiguió con el mismo pajarito azul. Un poco chocho,  el señor Rodolfo no lo recordó ni tampoco haberle lanzado el adorno. Confundido, sonrió alzando los hombros.

Con la vejez, las personas suelen perder un poco la memoria y casi nunca recuerdan lo que sale de su rutina. El pajarito azul cantaba todas las mañanas en la ventana de Rodolfo y a veces él escuchaba. Cuando lo hacía, giraba la cabeza complacido y un día decidió levantarse. Al hacerlo tuvo que llevarse una mano a los ojos para protegerse del resplandor. Otros días ni siquiera lo escuchaba y el pajarito volvía a su nido completamente desilusionado. Como si lo hubieran contratado para esto, el ave se decidió a que algún día el viejo se acercaría a la ventana y vería el sol.

Todas las tardes, sin falta, se posaba en el alféizar y ladeaba la cabeza al encontrarse con la espalda de Rodolfo. A veces lanzaba ramitas y le daba en una oreja. Casi siempre sin resultados. Cuando conseguía que volteara, revoloteaba feliz de un lado a otro. El viejo sonreía curioso y cada vez daba más señales de querer levantarse. Así estuvo el pajarito religiosamente cantando en la ventana de ese señor extraño y amargado. Hasta que por fin, lo logró.

Fue el día del cumpleaños de Rodolfo. Quién sabe cuántas décadas cumpliría. Bastantes, seguramente. Esa tarde comenzaba a pasear por el bosque la brisa fría de otoño. Las hojas de los árboles caían marchitas para darle paso, con tiempo y paciencia, a unas nuevas que deslumbrarían con su verdor al nacer. Al viejo no le gustaba lo nuevo y se aferraba con fervor a lo conocido. Para él, todas las cosas de su casa le traían un recuerdo y tenían un valor. El problema es que por resistirse a los cambios su vida se había deteriorado tanto como las paredes viejas y conocidas de su casa. El otoño, que era lo único que lo levantaba de su sillón, lo sumía en la melancolía. Arrastrado por un sentimiento de empatía con las hojas, asomaba la cabeza por la ventana y se sentía parte de cada una. Imaginaba que al caer, inmediatamente un pelo de su blanca cabeza las imitaba.

Por suerte, el pajarito decidido llegó esa tarde. Casi cae al suelo de la impresión intentando posarse en la ventana.  Rodolfo lo atajó con las manos y le acarició la cabeza. En ese momento, la nube que había estado tapando el sol se movió un poco a la derecha. El animalito aprovechó ese momento para cantar y revolotear por toda la casa, con lo que logró que el viejo riera a carcajadas y danzara por la sala tratando de atraparlo. A la escena sólo le faltaban los violines. Luego de un rato, exhaustos ambos, cayeron en medio de la casita tendidos boca arriba. Bueno, sólo Rodolfo, el pajarito había ido a posarse sobre el piano.

Desde esa perspectiva, una que no tenía nunca, el anciano se dio cuenta de cómo su casa estaba a punto de caerse a pedazos. Las paredes estaban desconchadas, los cuadros desvencijados y los muebles cubiertos de libros viejos. La alfombra donde estaba acostado exhaló tanto polvo cuando cayó sobre ella que no faltó mucho para que comenzara a llorar. A Rodolfo, que es alérgico, el polvo lo hace llorar, pero como nunca había estado entre tanto sucio, él no lo sabía. El pajarito voló hasta la cocina, dejó caer un pañuelo en el hombro del viejo y salió por la ventana. Esa noche Rodolfo la cerró. Estaba molesto, llorar era para él algo nuevo.

Transcurrió otoño entero, los árboles mostraban orgullosos sus ramas y cada vez hacía más frío. El hombre intentó tocar de nuevo el piano, imitando el canto del pajarito pero entre más lo hacía, más echaba de menos al animal. Con las notas tristes llegó el invierno y la sensación de vacío. La nieve se acumulaba en el alféizar solitario recordándole a Rodolfo aquella tarde como si fuera una condena. Así llegó el final de la estación, dejándolo solo con su taza de café, con su rutina lineal y sin esperanzas o ilusión. Viejo, amargado, en esa casa antigua donde se creía seguro, en esa sala que él  conocía muy bien pero que ya no tenía nada que ofrecer. Viejo al fin, como a él le gustaba.

Una mañana en la que la nieve comenzaba a desaparecer, Rodolfo se enfermó y la ventana permaneció cerrada. No fue hasta mitad de primavera que la abrió y se asomó con la esperanza viva de ver volar hacia él al pajarito azul. Incluso llegó a abrir la puerta y salir al pórtico buscándolo, pero como en todo desencuentro, terminó desilusionado. Entró a su casa molesto y triste, se sentó en el sillón y decidió no volver a ver el sol. Lo que no sabía el pobre Rodolfo es que el pájaro siempre había estado en el árbol de al lado, esperando que este abriera por fin la ventana. El invierno lo había obligado a refugiarse en un tronco seco pero volaba hasta allí todas las tardes, como había hecho en verano.

El viejo pasó otras tres semanas encerrado pero un domingo de nostalgia se sentó de nuevo frente al piano. No consiguió tocar tecla alguna. Silencio. La casa se lo tragaba de tanto silencio. Al fin, justo cuando levantaba una mano vio una sombra pequeña y escuchó un golpe seco que venía de la ventana cerrada. Al ver al pajarito azul corrió hasta él, había caído al suelo, del otro lado de la pared. Rodolfo le gritó que era un insensato sosteniéndolo entre las manos, ¿cómo lanzarse a esa velocidad contra el vidrio? Cuando dejó de hablar, el pajarito soltó su último gorgoreo, dejándolo solo y viejo, de nuevo.

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