Vamos a casa, Julián

febrero 24, 2010

Hubo una vez una señora gorda y rosada que caminaba contoneando sus enormes caderas por la acera de la ciudad. Sin importar la época ni el año, el estampado floral-abstracto de su único vestido dejaba a merced del sol los brazos de la señora. Hercilia vivía como esta historia, el pasado no lo recuerda y el futuro no ha llegado. Hoy, ella sólo sabe que se contonea desde la esquina del supermercado hasta su casa y que de sus brazos cuelgan dos bolsas. No piensa. ¿Eso para qué?

Sube las escaleras de un edificio aún más viejo que ella y abre automáticamente la reja. Saluda con un gorgoreo al loro Julián. Coloca las bolsas en el mesón de la cocina y se lava las manos. Saca un par de papas y las comienza a pelar.

- Julián, querido, ¿No te parece que el día está particularmente soleado?

- ¡soleado, soleado! – repite el loro.

Hercilia pone las papas peladas a hervir con un poco de sal y se dirige al cuarto. Cierra la puerta con cuidado y se mira en el espejo de cuerpo completo. Toda su piel cuelga y sin embargo, su cuerpo armoniza con su cara redonda. Se desviste y se mete al baño.

Al rato sale embutida en el vestido, rozagante y segura de un sinsentido. Con paso firme calzado de tacón medio, camina hasta el espejo de la sala y saca su caja de maquillaje. Sintoniza en la radio una emisora de música romántica y comienza a tararear una melodía que nada tiene que ver con lo que suena. El bolero por un lado, Hercilia graznando por otro y el loro armando escándalo, como si les hiciera coro. Unas pestañas nigérrimas y anormalmente largas, unas mejillas demasiado rosadas y unos labios pintados de un color que no se usa hace años. Hercilia está lista para ese nosequé que siente que pasará hoy.

Y allá va, taconeando un camino que intuyó toda su vida, lista para la verdad. Que llega tarde, pero ella estaba tan segura que esperarla no la cansó mucho. Al parque al que llega nuestra señora Hercilia lo rodean árboles enanos de troncos gruesos, frondosos, pintados del verde más alegre que ella haya visto jamás. Escoge un banco a la sombra y se sienta a esperar. Caras extrañas se extrañan al verla allí, sentada, sin más.

Ya cerca del atardecer, un hombre un poco más arrugado que ella se acerca sigilosamente. Por instinto, se cubre un poco la cara con los brazos pero se sienta decidido a su lado.

- Hola, Hercilia. ¿Te acuerdas de mí?

- Llegas un poco retrasado.

- ¿Un poco? Han pasado casi cincuenta años.

- Pero, finalmente, aquí estás. Vamos a casa, Julián.

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