En una calle concurrida de árboles hechos de palitos, un escritor famoso se sentaba siempre en un café con una taza al lado de su cuarderno. El lápiz paseaba dando saltos de un lado de la mesa a los dedos y de vuelta al cuaderno. La gente que pasaba por allí comentaba que jamás lo habían visto poner la punta en el papel. El famoso escritor pasaba horas sentado, casi inmóvil, como si las historias se dibujasen en su mente y no quisiera interrumpir a los personajes.Meses después de cada invierno se podía ver su cara seria en las estanterías de todas las librerías de la ciudad. Libro tras libro se agotaban cada semana las existencias. En primavera no se sabía de él más que por las reseñas de los periódicos. Se decía que pasaba sus momentos de gloria en la montaña.
Una vez, pocos días después de que la nieve abandonara las calles del campo, una joven que recogía los primeros colores de los alrededores se perdió entre los árboles. Tratando de caminar en dirección al sur, la joven dio con una casa de madera golpeada por los años. Desde fuera se veía a dos hombres sentados cerca de la ventana. Le costó un poco pero al rato reconoció la cara de uno de ellos. Era aquél escritor de la ciudad cuyos libros llenaban un estante en su cuarto. Se acercó para tocar la puerta, sin duda aprovecharía la oportunidad de conocerlo. Al hacerlo escuchó que el otro hombre hablaba en un tono má alto del usual. Ella pensó que sería algo sordo. Desde donde estaba se veía el interior de la sala. El hombre era, además, ciego. Tenía la vista perdida en la pared de en frente y un bastón apoyado en el sofá. El escritor, sentado frente a él, sostenía un cuaderno entre las piernas y movía un bolígrafo que casi volaba sobre el papel.
Sin hacer ruido, la joven acercó su cabeza a la puerta y escuchó cómo el ciego hablaba de una mujer que esperaba en un aeropuerto. Al momento cayó en cuenta de que el nombre de esa mujer era el mismo de la protagonista de sus libros favoritos. El hombre contaba con detalle al escritor cómo iba sucediendo la historia que éste luego publicaría en la ciudad. La chica, desepcionada, huyó del sitio pisando unas ramas que estaban por todo el jardín. El escritor la escuchó pero al alzar la vista hacia la ventana no pudo ver nada. Arqueó las cejas y siguió tomando dictado, sin imaginar que alguien conocía su secreto.