Archivar paraJulio 5, 2009

Gregoria

Gregoria es una señora anciana, como de ochenta años. Su cabello, que una vez fue claro, ahora es blanco como la leche. Ella vive sola en un apartamento pequeño con su gato blanco, Oscar. Una tarde fría y tranquila, Gregoria decidió irse temprano a la cama. A media noche escuchó un ruido fuerte, como el de un metal pesado que cae sobre el piso de granito. Se levantó para ver si descubría de dónde había salido el sonido y se asomó a la cocina, que estaba iluminada por el foco de la calle. En la mesita comedor estaba sentada una niña, con los pies colgando de la silla. Le señaló con un dedo el lado contrario de la mesa, invitándola a tomar asiento. Sonreída, le contemplaba con expresión atenta, como si quisiera aprenderse sus rasgos con sólo mirarla. Traía un vestido amarillo parecido a los que le ponía su mamá cuando Gregoria era niña. Su cabello y sus ojos claros también se parecían mucho a los suyos.

Una vez sentadas ambas en la mesa, la niña comenzó a hablar. Le dijo que se llamaba Gregoria, pero que todos le decían Goya. La anciana, sin comprender, escuchaba y miraba a la niña mientras esta se levantaba y paseaba por la cocina. Sólo alcanzó a musitar “mucho gusto” cuando la pequeña se detuvo frente a una vitrina. Pasaba sus ojos lentamente por cada una de las figuritas de cerámica y señaló con un dedo una de un gatito blanco que le había regalado el papá de Gregoria cuando esta estaba pequeña. Goya le dijo que ella tenía uno igual a ese y que se lo habían dado cuando el vecino atropeyó a su gato, que era amarillo y se llamaba Manuel.

Mientras la niña hablaba, por la mente de la señora pasaba un torbellino de colores, que a momentos se hacían nítidos y podía ver la casa donde nació. El gato, la bicicleta, el jardín soleado y la pelota que siempre estaba allí. Recordó la noche que le dijeron que su papá había muerto, una semana después de que no había llegado a casa. Se recordó a sí misma sentada en la ventana esperándolo, paciente, con la esperanza fresca de una niña. Volvió a sentir una vez más cómo algo se rompía dentro de su pecho, las ilusiones que perdían fuerza y color.

De pronto, al abrir los ojos, todo estaba en completa oscuridad. Preguntó con voz leve quién había apagado la luz y la voz de su hija le contestó por ensésima vez que estaba ciega. Martina le había contado la historia de cómo una mañana de febrero se había derramado un químico en el pasillo que le había quemado la retina, haciéndole perder la vista por completo, todas las mañanas hasta entonces. Martina respiró hondo y encendió la radio. En la mente de Gregoria todo comenzó a tener sentido de nuevo.

Secreto

A Ñito.

-Fofi es un bichito chiquitico, le digo.
- ¿Y eso cómo es, hija? me dice doña Patria
- Una de esas cosas que lo hacen sentir a uno en casa- respondo orgullosa- ¿no le dice nada?
- Pues, a ver, niña, si lo veo es de vaina.

La señora Patria dice que yo debería dedicarme a limpiar la casa y botar lo que no me sirva. Pero es que no sabe que hasta el polvo me hace llorar. Siempre le digo que es la alergia, cosa que es cierta, pero también me hace llorar. Me hace reír y estornudar. En el polvo encuentro cosas como Fofi. Y a veces la señora Patria barre sin mirar qué bota. Quizás se llevó a Fofi. No lo quiero ni pensar. El polvo me hace llorar.