De la nuca a la rodilla. No se puede ser tan malo en esta vida. El estado de confusión está. Vino de visita y se ha pasado por el corredor desde que amaneció. No es justicia que la risa venga de fuera. La gente no sabe.
La verdad debe estar dibujada en la calva de algún hombre de intelectualidad estratosférica. O quizás en la fuerza eólica de unas pestañas. Si la potencialidad es sólo real cuando se accidenta, la vida es un accidente.
Quizás la verdad baila al ritmo del silencio entre las vueltas del humo de un cigarro. La entierran en tabaco húmedo los narguiles encendidos un viernes por la noche en compañía.
El viaje en autobús por lo urbano de la gente mata cada vestigio de la metafísica original. Las respuestas están en la mano que usa al grafito para convertirlas en papel. La velocidad con la que se escapan permite la huída de algunas, quizás tardías. Las miradas dudosas de quienes se ven obligados a enfrentarse por la vida pecan de injustas.
También están en las personas, dispuestas a bailar sólo frente a quien se muestre sensible a ellas. Hablar de necesitarlas es generalizar.
El viento susurra las respuestas al oído, solamente se necesita hacer las preguntas correctas. Jamás un músculo estará lo suficientemente cansado como para no seguir. La incertidumbre bastará para continuar funcionando, si no se sabe con certeza hacia dónde se va, es más probable que se llegue más rápido.
La estética no llena. El vacío se hace evidente cuando frente a ella no se significa con su interacción. La desnudez en esencia debería bastar. Pero se declarará en guerra contra la simplicidad, decantando en nuevas preguntas. El desvarío parece ser una forma de catarsis. Para quien necesite pruebas de su existencia y pertenencia al mundo: el dolor. La agonía para quien sufra consiente y aún no se encuentre.
No basta con ser un espejo al borde del camino. Todo está allí, lo olemos habitar frente a nosotros como ciegos. Como si un vidrio negro lo mantuviera oculto.
El preludio de tu nombre lo pronunció un camino transitado.