Salve, oh reina enmascarada. ¿Quién soy yo para develar tu secreto? Arlequín pobre, duelo de colores. Un río dorado nos separa. Un puente une las orillas, faltan tablas en él y las barandas están llenas de espinas. Cerca; no tan cerca. Ha de ser tu amante fiel y eterno, el dedo que posa la mano sobre la cuerda de la guitarra, esforzándose por deleitarte. Cuando te vayas, ¿Quién escuchará mis canciones? ¿Quién será el pájaro que protagonice los versos de media tarde? Ya sucede, tu abanico no agita más el viento sereno, tu antifaz aparece en cada silla, en cada cuadro y cada tonada. Siempre en la risa de una mujer hermosa, nunca sobre tus ojos. Los recuerdos llegan melancólicos, se presentan inmunes al olvido, expectantes a la reacción de mi mente. Reina de los pasillos, acude a los llamados que te hago en mis sueños, seca mis lágrimas como lo hice yo alguna vez. Aparece nuevamente, devuelve la vida y el sentido a mis canciones. Le ruego perdone usted mi atrevido acercamiento y mi triste enfrentamiento, no puede censurarme cuando ya ha hecho usted que la ame.