Los matices de la espera

Esperar es un verbo que realizamos a diario. No es el más fácil, no es como comer, o correr, o dormir. Esperar tiene implicaciones físicas y psicológicas que van más allá de la rutina. Pasamos más de la mitad de nuestras vidas esperando, estemos concientes o no de ello. Tan sólo pensar en que debemos esperar a veces nos fastidia, otras veces nos angustia y muchas veces nos llena de miedo.

 

En ciertas situaciones puede ser una opción, o la única solución. Para ello hay que escoger cuidadosamente una actitud. Realmente esa no es la dificultad, el verdadero problema y lo que representa la lucha es mantener esa actitud y no sucumbir ante los instintos. Desesperarse es definitivamente una consecuencia del acto de esperar, pero hacerlo en secreto y no revelarlo es la clave para seguir adelante.

 

Yo creo que hay diferentes maneras de esperar, y también dos caminos que se pueden recorrer al hacerlo. Las formas de esperar tienen que ver con la conciencia que se tiene de que se está esperando. Esto es, esperar a conciencia: esas veces en las que nos decimos a nosotros mismos que preferimos aguardar por un momento oportuno, a que cambie la situación, o que no nos queda más remedio que dar tiempo a que algo suceda. En este tipo de circunstancias es que estamos quizás más propensos a romper con la persistencia de la actitud que tomamos ante el “tiempo fuera”. Es ante la expectativa del desenlace que creemos que nunca llega o de los hechos que no vemos que se desarrollan, que aparece el desespero. Lidiar con este no debe ser demasiado trabajoso cuando se cuenta con algunos recursos, como buenos amigos, distracciones y por sobre todo, la conciencia de la condición. Si se sabe que se está desesperado, siempre será mucho más fácil manejarlo.

 

Por otro lado, esperar inconcientemente se trata de no saber que se está esperando o estar demasiado distraído como para darse cuenta de ello. A mi parecer esta es un arma de doble filo, pues si bien es cierto que el tiempo pasa más rápido, se corre el gran riesgo de que cuando llegue aquello por lo que esperábamos, no nos demos cuenta. Trágico, pero posible. Quizás sea por eso que los momentos de felicidad son tan etéreos, para que cuando por fin lleguen sepamos apreciarlos. Y si corremos con la suerte de esperar inconcientemente y darnos cuenta de la llegada de la razón de nuestro aguardo, nos sorprendemos aún más. Tal como dice en El caballero de la armadura oxidada, “no esperes nada. Así, si llega, te sorprenderás. Si no llega, no te desilusionarás”.

 

Los caminos que se recorren indistintamente de la manera en que esperamos, están dirigidos por los que se espera: lo conocido y lo desconocido.

Muchas veces hemos pasado el tiempo deseando que ocurra algo, específico o incluso “lo que sea”. En la espera por lo desconocido, la incertidumbre bien llevada está perfectamente descrita por Picasso cuando decía “yo no busco, encuentro”. En ese caso el desespero pasará tan desapercibido como el sereno para los niños. Y si esta espera es inconciente, pues mejor que mejor. Pero si somos realistas nos daremos cuenta de que este escenario es casi imposible. El hombre es un ser expectante por naturaleza.

 

Ahora bien, esperar por lo conocido puede ser un calvario. A este caso me refiero cuando la espera es por un evento en particular, una conversación, la llegada de alguien o algo, una noticia o un cambio. En mi experiencia este tipo de espera a conciencia no ha tenido buenos resultados, al menos no últimamente. Sí hay casos en los que esta espera desespera pero tiene su recompensa. Personalmente pienso que entre más espere por algo, más se tarda en llegar. Y que sólo la humildad nos permite no tener expectativas.

 

Esperar por lo conocido muchas veces decepciona, las ilusiones casi siempre están extremadamente desligadas de la realidad. Aún así, es casi imposible no tener ningún tipo de expectativas en los encuentros con ella. Si no las hubo antes, las habrá luego. Y como el universo tiene una lógica totalmente diferente a la nuestra, esas ilusiones estarán rotas al final del día.

Para no sonar tan fatalista, admitiré que sí hay casos en los que estas expectativas se cumplen y muchos en los que se sobrepasan. Es cuestión de esperanza y de conocerse a uno mismo hasta el punto de saber manejarla.

 

 

2 comentarios »

  1. carla hurtado dicho:

    Quizás la clave no está en la esperanza que se mantiene en la espera si no en los límites que deben tener nuestras expectativas… Hay niveles para todo, si las tenemos muy elevadas, sin duda tendremos decepciones de sobra. En cambio, si las mantenemos sólo en un nivel de requerimientos mínimos, si tan solo fueramos capaces de ello… la vida sería mucho más sencilla, y las alegrías aumentarían pq al sobrepasar las expectativas llega la sorpresa y la felicidad aunque sea momentánea… Lo dificil es no pasarse de ese nivel mínimo de exigencia pq sino la tristeza de la realidad aplasta las ilusiones…
    Los mejores momentos son aquellos en los que la realidad supera las ilusiones y no quieres ni dormir porque hasta los sueños son inferiores a lo que se vive… lastima que sean tan pocos!!! o que lleguen en momentos de baja apreciación por inmadurez o falta de experiencia no crees???
    Love you nena…

  2. carla hurtado dicho:

    I hate waiting jajajajaja


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