Vieja historia de un beso

 

Eran las doce de la noche y el edificio estaba completamente desierto. Ella subía detrás de él por las escaleras oscuras, donde sus sombras se movían de forma silenciosa. No se escuchaban ni sus pasos, iban ambos descalzos con los zapatos en las manos. Se los habían quitado para no llenarlos de arena. El rumor de las olas a penas retumbaba entre las paredes y la luna despojaba a los escalones de su negritud.

Después de un paseo por la playa, habían decidido regresar al apartamento arrastrados por el hambre y el cansancio. En el décimo piso él se detuvo, se dio la vuelta y la llevó hasta la pared. Ella, sorprendida, lo miró a los ojos pero tuvo que bajar la mirada al no poder sostener la suya. Era una mirada profunda, que no revelaba nada, una mezcla de maldad y ternura que confundían sin dejar ver más allá. Cerró sus ojos y sintió cómo se le acercaba y le pasaba la punta de la nariz por la suya con cariño.

Entre sus dos cuerpos no había espacio, ella encajaba perfectamente entre él y la pared, entre sus brazos y con una pierna en medio de las de él. Sentía cómo sus dedos rozaban sus hombros desnudos y jugaban con las tiras de su franelita. Sin hacerse de rogar,  él posó sus labios con suavidad en los de ella, los acarició y los besó hasta las comisuras. Esperó a que sus bocas se fundieran para meter su lengua entre los tiernos labios de su novia.

Ella le acariciaba la espalda como si quisiera aprendérsela de memoria, imitando además las manos de él que deslizaban por toda su cintura debajo de la franela. Él separó sus labios de los de ella y la miró de nuevo, le sonrió y la besó en la frente. La tomó de la mano y la animó a seguir caminando.

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