Archivar paraJulio, 2008

Los matices de la espera

Esperar es un verbo que realizamos a diario. No es el más fácil, no es como comer, o correr, o dormir. Esperar tiene implicaciones físicas y psicológicas que van más allá de la rutina. Pasamos más de la mitad de nuestras vidas esperando, estemos concientes o no de ello. Tan sólo pensar en que debemos esperar a veces nos fastidia, otras veces nos angustia y muchas veces nos llena de miedo.

 

En ciertas situaciones puede ser una opción, o la única solución. Para ello hay que escoger cuidadosamente una actitud. Realmente esa no es la dificultad, el verdadero problema y lo que representa la lucha es mantener esa actitud y no sucumbir ante los instintos. Desesperarse es definitivamente una consecuencia del acto de esperar, pero hacerlo en secreto y no revelarlo es la clave para seguir adelante.

 

Yo creo que hay diferentes maneras de esperar, y también dos caminos que se pueden recorrer al hacerlo. Las formas de esperar tienen que ver con la conciencia que se tiene de que se está esperando. Esto es, esperar a conciencia: esas veces en las que nos decimos a nosotros mismos que preferimos aguardar por un momento oportuno, a que cambie la situación, o que no nos queda más remedio que dar tiempo a que algo suceda. En este tipo de circunstancias es que estamos quizás más propensos a romper con la persistencia de la actitud que tomamos ante el “tiempo fuera”. Es ante la expectativa del desenlace que creemos que nunca llega o de los hechos que no vemos que se desarrollan, que aparece el desespero. Lidiar con este no debe ser demasiado trabajoso cuando se cuenta con algunos recursos, como buenos amigos, distracciones y por sobre todo, la conciencia de la condición. Si se sabe que se está desesperado, siempre será mucho más fácil manejarlo.

 

Por otro lado, esperar inconcientemente se trata de no saber que se está esperando o estar demasiado distraído como para darse cuenta de ello. A mi parecer esta es un arma de doble filo, pues si bien es cierto que el tiempo pasa más rápido, se corre el gran riesgo de que cuando llegue aquello por lo que esperábamos, no nos demos cuenta. Trágico, pero posible. Quizás sea por eso que los momentos de felicidad son tan etéreos, para que cuando por fin lleguen sepamos apreciarlos. Y si corremos con la suerte de esperar inconcientemente y darnos cuenta de la llegada de la razón de nuestro aguardo, nos sorprendemos aún más. Tal como dice en El caballero de la armadura oxidada, “no esperes nada. Así, si llega, te sorprenderás. Si no llega, no te desilusionarás”.

 

Los caminos que se recorren indistintamente de la manera en que esperamos, están dirigidos por los que se espera: lo conocido y lo desconocido.

Muchas veces hemos pasado el tiempo deseando que ocurra algo, específico o incluso “lo que sea”. En la espera por lo desconocido, la incertidumbre bien llevada está perfectamente descrita por Picasso cuando decía “yo no busco, encuentro”. En ese caso el desespero pasará tan desapercibido como el sereno para los niños. Y si esta espera es inconciente, pues mejor que mejor. Pero si somos realistas nos daremos cuenta de que este escenario es casi imposible. El hombre es un ser expectante por naturaleza.

 

Ahora bien, esperar por lo conocido puede ser un calvario. A este caso me refiero cuando la espera es por un evento en particular, una conversación, la llegada de alguien o algo, una noticia o un cambio. En mi experiencia este tipo de espera a conciencia no ha tenido buenos resultados, al menos no últimamente. Sí hay casos en los que esta espera desespera pero tiene su recompensa. Personalmente pienso que entre más espere por algo, más se tarda en llegar. Y que sólo la humildad nos permite no tener expectativas.

 

Esperar por lo conocido muchas veces decepciona, las ilusiones casi siempre están extremadamente desligadas de la realidad. Aún así, es casi imposible no tener ningún tipo de expectativas en los encuentros con ella. Si no las hubo antes, las habrá luego. Y como el universo tiene una lógica totalmente diferente a la nuestra, esas ilusiones estarán rotas al final del día.

Para no sonar tan fatalista, admitiré que sí hay casos en los que estas expectativas se cumplen y muchos en los que se sobrepasan. Es cuestión de esperanza y de conocerse a uno mismo hasta el punto de saber manejarla.

 

 

Vieja historia de un beso

 

Eran las doce de la noche y el edificio estaba completamente desierto. Ella subía detrás de él por las escaleras oscuras, donde sus sombras se movían de forma silenciosa. No se escuchaban ni sus pasos, iban ambos descalzos con los zapatos en las manos. Se los habían quitado para no llenarlos de arena. El rumor de las olas a penas retumbaba entre las paredes y la luna despojaba a los escalones de su negritud.

Después de un paseo por la playa, habían decidido regresar al apartamento arrastrados por el hambre y el cansancio. En el décimo piso él se detuvo, se dio la vuelta y la llevó hasta la pared. Ella, sorprendida, lo miró a los ojos pero tuvo que bajar la mirada al no poder sostener la suya. Era una mirada profunda, que no revelaba nada, una mezcla de maldad y ternura que confundían sin dejar ver más allá. Cerró sus ojos y sintió cómo se le acercaba y le pasaba la punta de la nariz por la suya con cariño.

Entre sus dos cuerpos no había espacio, ella encajaba perfectamente entre él y la pared, entre sus brazos y con una pierna en medio de las de él. Sentía cómo sus dedos rozaban sus hombros desnudos y jugaban con las tiras de su franelita. Sin hacerse de rogar,  él posó sus labios con suavidad en los de ella, los acarició y los besó hasta las comisuras. Esperó a que sus bocas se fundieran para meter su lengua entre los tiernos labios de su novia.

Ella le acariciaba la espalda como si quisiera aprendérsela de memoria, imitando además las manos de él que deslizaban por toda su cintura debajo de la franela. Él separó sus labios de los de ella y la miró de nuevo, le sonrió y la besó en la frente. La tomó de la mano y la animó a seguir caminando.

El ser infinito

To Ele

El cuerpo. Hay quienes dicen que “hay que tratarlo como un templo”. ¿Y esto qué quiere decir? Será entonces que tengo que estar en silencio todo el día, ¿mantenerme lejos de la música?; usar ropa todo el tiempo, no consumir sustancias dañinas, ¿cero alcohol, cero coca cola, cero arguila?; repetir oraciones a ciertas horas del día, musitando frases que quizás ya caducaron en la historia; sentarme, pararme, arrodillarme, inclinarme; ¿escuchar un sermón eterno y repetir el ritual todos los días? Yo el mío lo quiero de carne y hueso, por favor.

El ser. Ahora, a lo que iba. El alma, por ser un fenómeno intangible, existente sólo por la fe, va más allá del cuerpo. Es lo que somos, porque no somos nuestros nombres, ni lo que decimos o lo que hacemos, somos nuestras almas.

El ser es infinito, puede tomar todas las formas posibles dentro de un mismo cuerpo, por lo tanto, puede expresarse de infinitas maneras. Es cuando uno toma conciencia plena de que es, de que existe, que puede desarrollar su alma y comenzar a explorar las posibilidades que esto trae consigo. Estar atento a cada momento en el que el propio ser se expresa, observarlo sin juzgarlo, es la manera de conocerse a sí mismo. Esta es apenas una clave para comenzar “el viaje interior”, que a decir verdad yo nunca supe cómo empezar.

El cuerpo, en cambio, por ser físico y tangible, es en su propio espacio y termina allí mismo donde comienza. Es por esto que no se necesita demasiado tiempo para conocer el propio cuerpo ni el de alguien más, y luego, aburrirse. Obviamente esto tiene implicaciones sexuales que no escribiré aquí, pero sépalo que las hay.

Es por todo esto que hay que aprender a conocerse a sí mismo, cuerpo y alma. Sobre todo el alma, para expresarla, puesto que como es infinita, siempre habrá sorpresas. Así no se cansa uno de uno mismo ni tampoco los demás.

A Dios gracias por el arte

 

Mi papá siempre me dice que “el arte libera”. Más razón no puede tener. Yo, sinceramente, quisiera tener talento para las artes plásticas o la música. Pero tengo las letras. No me atrevería a asegurar que tengo talento, pero sí pienso que tengo facilidad para escribir, gracias a mis abuelos y tátara-abuelos, como Julio César Salas, cuya herencia mi abuela pretende poner sobre mis hombros y yo no le llego ni a los talones.

Por eso creo que a veces se puede poner el orgullo de lado para liberarse en público. ¿Para qué otra cosa serviría expresarse si no hay quien te lea/escuche/vea/sienta? Yo comencé escribiendo para divertir a mis amigos en el colegio, sin darme cuenta que eso y el amor por los libros me llevarían a escojer una carrera, y que un día escribiría para liberarme.

Hay momentos, sobre todo noches como estas, en las que uno sufre una decepción, en que la vida pierde sentido. Cuando peleas con una de tus mejores amigas porque quisiste decir algo que no supiste cómo decir, pero igual lo dijiste y lo hiciste mal. Cuando no sabes cómo no involucrarte en la toma de una decisión sobre un asunto tan grande como el amor. Allí, al menos yo, digo: No tiene sentido.

Cuando llamas a otra de tus amigas para llorar y decirle que el niño te mintió, que está con otra y que no sabes qué hacer con tu vida, pero ella te contesta con una voz al borde del hilo que no es la mejor persona para aconsejarte porque su novio de 3 años la engañó con una niña de su ciudad, en la que tu amiga no vive más, no hay cabida para otra afirmación que no sea “no tiene sentido”. Porque no tiene sentido que a las personas fieles, entregadas, soñadoras, sensibles, hermosas, sea tan fácil engañarlas y que el malhechor salga ileso.

Cuando otra amiga te dice “te lo dije” y ante tus ojos la frase se dibuja en miles de colores. Piensas en todos los músculos, huesos y órganos necesarios para armar y pronunciar esa oración. Jamás será comparable al valor, la energía y las ganas necesarios para asumir las consecuencias. Tampoco serán suficientes los deseos inmensos de retroceder el tiempo y esquivar esa situación. Cuando sabes que por más que sienta que tiene razón, lo suficiente como para decir “te lo dije”, sabiendo todo lo que eso implica para ti, le duele decirtelo. Es allí cuando llega el momento de decir “no tiene sentido”, sobre todo porque no aprendiste nada, más allá de que necesitas aprender a escudarte mejor.

Noches como esta es cuando las reflexiones se atropeyan para pasar por mi mente. Más allá de sacar conclusiones favorables, alentadoras, reconfortantes, lo que hacen es darle más fuera a mi frase: “no tiene sentido”.

Tampoco lo tiene que en una vida a la que algunos concebimos como un ciclo constante, dure más la parte de abajo, oscura y fría, que la de arriba. ¿Para qué el sol tiene que estar arriba si cuesta tanto subir a tocarlo? Y, ¿para qué buscamos tocarlo si con a penas rozarlo ardemos en llamas y emprendemos la caída libre al fondo del mar? Faltan años en el vacío de la incertidumbre para llegar a saber las respuestas. Incluso más para comprenderlas.

De un tiempo para acá el Universo no ha hecho sino darme argumentos, ejemplos y razones para alejarme del amor. Quizás sea hora de aprender que ser “cuchi” es la peor decisión que se puede tomar. El hombre es el ser vivo más morboso, si brillas, buscará aplastarte.

Lo siento por aquél positivo que sienta que derrocho negatividad en mis líneas, pero como lo dije al comienzo, es sólo mi manera de liberarme. Cuando el Universo me de razones, argumentos y ejemplos para retractarme, lo haré. Por ahora, la vida no tiene sentido.

Error # 677

-         ¿Estás bien? ¿Cómo va todo?

 

-         Bien, todo como debe ser.

 

-         Bien. Verdad será.

 

-         Me descoses, ¿cómo lo sabes?

 

-         Recorrí con los dedos cada nudo de esa costura.

 

-         ¿Tanto se nota que estoy mal?

 

-         No sé si se nota, quizás, yo lo noto.

 

-         ¿Él cómo está?

 

-         No está. ¿Ella?

 

-         Tampoco está.

 

-         Tu nombre está escrito aquí. Algún día vendrás a reclamarlo.

 

-         Déjalo, ya se borrará.

 

-         ¿Y si no se borra?

 

-         Hay alguien más. Puedo sentirlo. Ya nada tiene sentido, no soy nadie en su vida. Me evita, me siento ignorado.

 

-         No vale la pena, hay quien te ama más.

 

-         Esta noche estaré con otra. Eso haré. Saldré ahora mismo.

 

-         ¿Quieres que hablemos? Te espero.

 

-         No voy a tu casa, te dije que hoy seré infiel.

 

-        

Quote from Grey’s Anatomy

“Change; we don’t like it, we fear it, but we can’t stop it from coming. We either adapt to change or we get left behind. And it hurts to grow, anybody who tells you it doesn’t is lying. But here’s the truth…the more things change, the more they stay the same. And sometimes, oh, sometimes change is good. Oh, sometimes, change is…everything”