Escribir
marzo 19, 2010
Él dice que no he escrito en años. Que debería pensar en trabajar, y que si pretendo hacer esto para vivir, que al menos haga el esfuerzo. Lo que no sabe es que una mujer que se gane una reputación como la de Corín Tellado o Louisa Burton, una vez encasillada tendría que escribir erotismo por el resto de su vida. También ignora que el hecho de vivir con él, no lo hace fácil. No sólo vivo con él desde hace un par de meses, lo deseo desde antes. Por su lado, él a mí me ve como su aprendiz. Para su corazón, yo soy su buena acción del año.
Y sí escribo, claro que lo hago. Pero sobre él. Sobre mí. Sobre nosotros. Dibujo con las palabras lo que no conoce, lo que cantan en silencio las paredes cuando vaga por la sala con un lápiz entre los labios. Acumulo bajo el colchón decenas de hojas rayadas hasta las esquinas, contándoles cómo me toca con la mirada, cómo sus palabras resbalan por mi piel cuando lee en voz alta y yo lo miro, desde el otro lado del sofá, sin saber cómo controlarme.
Hoy ha decidido aleccionarme. Es hora de que la pequeña pichón de escritora ponga manos a la obra. Basta de silencio, de hostilidad hacia el papel, dice. El muy inconsciente decidió hoy quitarse los zapatos y andar descalzo. Mis ojos pasan de los suyos, a su camisa a medio abotonar, a su pantalón de vestir que odia tanto después de un día en la oficina, a sus pies y luego al suelo. En el piso de parqué se debe estar frío. Quizás un poco incómodo, tal vez no podría aguantar su peso sobre mí, pero aquí vamos. Me concentro. O lo intento. ¿Quién va a querer leer un libro entero sobre nosotros dos? ¿O un poemario de cien estrofas sobre sus ojos y sus labios? Por eso no le digo, por eso no le muestro. Y lo dejo que hable. Claro, talento tengo, pero si no lo exploto, no soy nadie.
Mi carcelero se sienta frente a mí. Es demasiado, necesito un vaso de agua. Continúa, que yo te estoy escuchando. Si vuelvo a sentarme cerca, voy a caer. Hoy está cansado. Lo sé porque se desordena el pelo a cada rato y se pasa la mano por los ojos. Cosa que no está mal, si los ojos no fueran del color del mar y el pelo tan rubio. Y ni hablar de su espalda. Cada vez que se sienta en el sofá o frente a la computadora y yo me paro detrás, mi mirada se pierde por su nuca y hace esfuerzos por ver sus hombros por entre el cuello de su camisa.
Bien, el agua me enfrió un poco, pero ya vuelve a mirarme y me desnuda. Hoy tiene un brillo distinto, parece decidido. Por alguna extraña razón en mi cabeza suenan un saxofón y una trompeta con sordina. Como si me leyera la mente, se acerca al equipo de sonido y comienza a soñar un jazz que seguramente dejé a tiro esta tarde, justo cuando iba a sentarme a escribir y llegó él con vino. Se lleva la botella vacía a la cocina y cruza la sala. Cierra un poco las cortinas, escondiéndonos de las miradas lejanas pero dejando que las luces la ciudad nos acompañen. Yo, por mi parte, me pellizco en secreto. Debo estar soñando. O ebria, quizás. De todas, todas, alucino. No puedo mirar. Me volteo. Él se acerca por detrás y acerca la punta de su nariz a mi cuello. ¿Será posible? Así es, siento que se embriaga con mi olor y corta mi respiración con sólo un dedo. Lo pone sobre mi hombro y lo desliza hasta la mitad de mi brazo. Delante de mí hay un espejo de pie y en nuestro reflejo veo cómo cierra los ojos y me recorre el cuello de cerca sin tocarme. Sus manos se acomodan en mi cintura y despacio me dan la vuelta. Sin respirar, sin oír, sin saber dónde estoy, me tiene. Sólo me mira, pero no puedo. Un segundo más y me derrumbo. En medio del estupor miro al suelo y los veo. Todos mis papeles, mis cuentos, mis fantasías y mis desvelos revueltos, como si alguien los hubiera estado leyendo.
El viejo Rodolfo
marzo 14, 2010
Erase una vez un viejecito que vivía solo en su casita del bosque. Pasaba los días triste, sentado en un gran sillón rojo de espaldas a la ventana. El señor Rodolfo había sido músico de profesión y por el esfuerzo quedó un poco sordo. Todos sus amigos fueron muriendo de viejitos con el tiempo y otros ya casi no podían ni hablar. Él, que sí podía, no tenía con quién hacerlo. Todas las mañanas se levantaba cojeando y preparaba una taza de café que llevaba entre las manos hasta el sillón. Todo su recorrido diario consistía sólo en el trayecto que iba de su cama a la cocina, de allí al sillón y de regreso por las noches.
El señor Rodolfo se lamentaba de lo gris que era su casa pero como le daba la espalda a la ventana, jamás veía al sol salir. Él miraba con nostalgia su sombra proyectada en la pared pero no se fijaba en el dueño de la luz. Una tarde de primavera un pajarito azul pasaba por allí. Ese día el viejo estaba especialmente cascarrabias y al escucharlo cantar en la ventana le lanzó un adorno de cerámica. El pajarito salió volando indignado. A la mañana siguiente, café en mano, el viejito creyó haber escuchado una flauta. Al darse la vuelta, extrañado, se consiguió con el mismo pajarito azul. Un poco chocho, el señor Rodolfo no lo recordó ni tampoco haberle lanzado el adorno. Confundido, sonrió alzando los hombros.
Con la vejez, las personas suelen perder un poco la memoria y casi nunca recuerdan lo que sale de su rutina. El pajarito azul cantaba todas las mañanas en la ventana de Rodolfo y a veces él escuchaba. Cuando lo hacía, giraba la cabeza complacido y un día decidió levantarse. Al hacerlo tuvo que llevarse una mano a los ojos para protegerse del resplandor. Otros días ni siquiera lo escuchaba y el pajarito volvía a su nido completamente desilusionado. Como si lo hubieran contratado para esto, el ave se decidió a que algún día el viejo se acercaría a la ventana y vería el sol.
Todas las tardes, sin falta, se posaba en el alféizar y ladeaba la cabeza al encontrarse con la espalda de Rodolfo. A veces lanzaba ramitas y le daba en una oreja. Casi siempre sin resultados. Cuando conseguía que volteara, revoloteaba feliz de un lado a otro. El viejo sonreía curioso y cada vez daba más señales de querer levantarse. Así estuvo el pajarito religiosamente cantando en la ventana de ese señor extraño y amargado. Hasta que por fin, lo logró.
Fue el día del cumpleaños de Rodolfo. Quién sabe cuántas décadas cumpliría. Bastantes, seguramente. Esa tarde comenzaba a pasear por el bosque la brisa fría de otoño. Las hojas de los árboles caían marchitas para darle paso, con tiempo y paciencia, a unas nuevas que deslumbrarían con su verdor al nacer. Al viejo no le gustaba lo nuevo y se aferraba con fervor a lo conocido. Para él, todas las cosas de su casa le traían un recuerdo y tenían un valor. El problema es que por resistirse a los cambios su vida se había deteriorado tanto como las paredes viejas y conocidas de su casa. El otoño, que era lo único que lo levantaba de su sillón, lo sumía en la melancolía. Arrastrado por un sentimiento de empatía con las hojas, asomaba la cabeza por la ventana y se sentía parte de cada una. Imaginaba que al caer, inmediatamente un pelo de su blanca cabeza las imitaba.
Por suerte, el pajarito decidido llegó esa tarde. Casi cae al suelo de la impresión intentando posarse en la ventana. Rodolfo lo atajó con las manos y le acarició la cabeza. En ese momento, la nube que había estado tapando el sol se movió un poco a la derecha. El animalito aprovechó ese momento para cantar y revolotear por toda la casa, con lo que logró que el viejo riera a carcajadas y danzara por la sala tratando de atraparlo. A la escena sólo le faltaban los violines. Luego de un rato, exhaustos ambos, cayeron en medio de la casita tendidos boca arriba. Bueno, sólo Rodolfo, el pajarito había ido a posarse sobre el piano.
Desde esa perspectiva, una que no tenía nunca, el anciano se dio cuenta de cómo su casa estaba a punto de caerse a pedazos. Las paredes estaban desconchadas, los cuadros desvencijados y los muebles cubiertos de libros viejos. La alfombra donde estaba acostado exhaló tanto polvo cuando cayó sobre ella que no faltó mucho para que comenzara a llorar. A Rodolfo, que es alérgico, el polvo lo hace llorar, pero como nunca había estado entre tanto sucio, él no lo sabía. El pajarito voló hasta la cocina, dejó caer un pañuelo en el hombro del viejo y salió por la ventana. Esa noche Rodolfo la cerró. Estaba molesto, llorar era para él algo nuevo.
Transcurrió otoño entero, los árboles mostraban orgullosos sus ramas y cada vez hacía más frío. El hombre intentó tocar de nuevo el piano, imitando el canto del pajarito pero entre más lo hacía, más echaba de menos al animal. Con las notas tristes llegó el invierno y la sensación de vacío. La nieve se acumulaba en el alféizar solitario recordándole a Rodolfo aquella tarde como si fuera una condena. Así llegó el final de la estación, dejándolo solo con su taza de café, con su rutina lineal y sin esperanzas o ilusión. Viejo, amargado, en esa casa antigua donde se creía seguro, en esa sala que él conocía muy bien pero que ya no tenía nada que ofrecer. Viejo al fin, como a él le gustaba.
Una mañana en la que la nieve comenzaba a desaparecer, Rodolfo se enfermó y la ventana permaneció cerrada. No fue hasta mitad de primavera que la abrió y se asomó con la esperanza viva de ver volar hacia él al pajarito azul. Incluso llegó a abrir la puerta y salir al pórtico buscándolo, pero como en todo desencuentro, terminó desilusionado. Entró a su casa molesto y triste, se sentó en el sillón y decidió no volver a ver el sol. Lo que no sabía el pobre Rodolfo es que el pájaro siempre había estado en el árbol de al lado, esperando que este abriera por fin la ventana. El invierno lo había obligado a refugiarse en un tronco seco pero volaba hasta allí todas las tardes, como había hecho en verano.
El viejo pasó otras tres semanas encerrado pero un domingo de nostalgia se sentó de nuevo frente al piano. No consiguió tocar tecla alguna. Silencio. La casa se lo tragaba de tanto silencio. Al fin, justo cuando levantaba una mano vio una sombra pequeña y escuchó un golpe seco que venía de la ventana cerrada. Al ver al pajarito azul corrió hasta él, había caído al suelo, del otro lado de la pared. Rodolfo le gritó que era un insensato sosteniéndolo entre las manos, ¿cómo lanzarse a esa velocidad contra el vidrio? Cuando dejó de hablar, el pajarito soltó su último gorgoreo, dejándolo solo y viejo, de nuevo.
Vamos a casa, Julián
febrero 24, 2010
Hubo una vez una señora gorda y rosada que caminaba contoneando sus enormes caderas por la acera de la ciudad. Sin importar la época ni el año, el estampado floral-abstracto de su único vestido dejaba a merced del sol los brazos de la señora. Hercilia vivía como esta historia, el pasado no lo recuerda y el futuro no ha llegado. Hoy, ella sólo sabe que se contonea desde la esquina del supermercado hasta su casa y que de sus brazos cuelgan dos bolsas. No piensa. ¿Eso para qué?
Sube las escaleras de un edificio aún más viejo que ella y abre automáticamente la reja. Saluda con un gorgoreo al loro Julián. Coloca las bolsas en el mesón de la cocina y se lava las manos. Saca un par de papas y las comienza a pelar.
- Julián, querido, ¿No te parece que el día está particularmente soleado?
- ¡soleado, soleado! – repite el loro.
Hercilia pone las papas peladas a hervir con un poco de sal y se dirige al cuarto. Cierra la puerta con cuidado y se mira en el espejo de cuerpo completo. Toda su piel cuelga y sin embargo, su cuerpo armoniza con su cara redonda. Se desviste y se mete al baño.
Al rato sale embutida en el vestido, rozagante y segura de un sinsentido. Con paso firme calzado de tacón medio, camina hasta el espejo de la sala y saca su caja de maquillaje. Sintoniza en la radio una emisora de música romántica y comienza a tararear una melodía que nada tiene que ver con lo que suena. El bolero por un lado, Hercilia graznando por otro y el loro armando escándalo, como si les hiciera coro. Unas pestañas nigérrimas y anormalmente largas, unas mejillas demasiado rosadas y unos labios pintados de un color que no se usa hace años. Hercilia está lista para ese nosequé que siente que pasará hoy.
Y allá va, taconeando un camino que intuyó toda su vida, lista para la verdad. Que llega tarde, pero ella estaba tan segura que esperarla no la cansó mucho. Al parque al que llega nuestra señora Hercilia lo rodean árboles enanos de troncos gruesos, frondosos, pintados del verde más alegre que ella haya visto jamás. Escoge un banco a la sombra y se sienta a esperar. Caras extrañas se extrañan al verla allí, sentada, sin más.
Ya cerca del atardecer, un hombre un poco más arrugado que ella se acerca sigilosamente. Por instinto, se cubre un poco la cara con los brazos pero se sienta decidido a su lado.
- Hola, Hercilia. ¿Te acuerdas de mí?
- Llegas un poco retrasado.
- ¿Un poco? Han pasado casi cincuenta años.
- Pero, finalmente, aquí estás. Vamos a casa, Julián.
Caminar y pensar
diciembre 27, 2009
En una playa larga y silente espera él sentado con la mirada fija en los pies. El fuego relame su espalda sin tocarlo, sólo oleadas de calor cortan el frío viento. Ella viene a lo lejos pero parece que estuviera al otro lado del mar. Sólo se ve su silueta nigérrima contoneándose apacible. Sin mediar palabra, él se levanta cuando la siente lo suficientemente cerca y se une a ella en su caminar. Todavía en silencio, ambos se dedican a sentir el mar sin mojarse los pies. Los granos de arena cohesionados sucumben ante el peso y se separan, dejándolos pasar. Dejándolos caminar y pensar. Con la esperanza oliéndoles los labios, el ejercicio mental solitario se sentía acompañado. Han dejado atrás la fogata y las piedras comienzan a sentirse frías junto a la montaña. Los tiempos verbales se toman de la mano y se hacen uno: presente progresivo. Más vale dar la vuelta aquí. De regreso, la voz invade de nuevo las gargantas tan sólo para decir “te quiero”. No hace falta más. No hace falta ni eso. Él la toma por el brazo y deja resbalar sus dedos desde el codo hasta unir su mano con la de ella. Muerden con los pies el camino que les resta hasta el fuego. Las estrellas piden a gritos atención, así que el ahoga un poco las llamas mientras ella extiende una colcha sobre la arena. Allí se encuentran en un abrazo ergonómico horizontal. Seguida de un suspiro, sin hacerse de rogar, pasa la primera estrella fugaz, patrocinante de un deseo compartido; la promesa de envejecer en esa playa, en esa casa que los vigila desde atrás. El horario se ciñe a la noche casi eterna y retrasa el inminente amanecer. Ellos saludan a la luna con un beso sin tocarse los labios. Con una mano que se pasea por el pelo, cierra los dedos alrededor de un mechón y lo hala suavemente para separar sus bocas, comienza el juego. Se miran a los ojos brillantes y viajan rodeados del murmullo de las olas.
Minuto
noviembre 18, 2009
Un dolor agudo en el cielo de la boca es el dictador del tiempo de mis lágrimas. El minuto está dispuesto a enamorarse de la hora sin importar que hagan falta cincuenta y nueve más como él para llenarla. Aquél que mira y espera en el banco no ve almas cargadas de pasado. Más bien cuenta los pasos firmes mientras van andando. La gramática del sentido se hace ajena a quien observa la respuesta como si de un momento a otro, ésta podría darle en las narices. Más vale callar las verdades que otros dicen. Si en esta realidad el camino es el olvido, que sepa el mundo que en la otra la decisión es acertada. En el contexto de las luces la estructura se lleva a medias. Filtrar el agua lo mejor posible revela poco a poco cómo no es aquí ahora. Allá, es mañana y ayer nunca fue. Pintar armónicas racionaliza el sentimiento. No basta con enunciar para luego permitir a la duda tomar el silencio. El volver del segundero siempre prometió embelesar a los ojos perdidos. Si no se discute sobre uno, será improbable dejar huella. Nadie recuerda imposibles.
Conversaciones de ascensor
noviembre 18, 2009
8:35 pm. Edificio modesto con planta baja ostentosa de reflejos. Una mujer de unos 40 años con converse azules espera el ascensor que baja con flojera del 2.
- Buenas tar… noches (siempre me confundo)
- Buenas.- Sonrisa absolutamente distante, disfraz de “…a las 7 de la mañana y luego hacer el mercado… no me importas, niña… ¿qué es lo que tengo que comprar? ¿La leche se habrá vencido?”
Llega el ascensor y tarda 6 segundos en abrir las puertas, como si hiciera el esfuerzo que yo hago para no dormirme cuando tengo que estudiar. La señora -o señorita- pasa delante de mi y saca su llave. Yo vengo con las mías en la mano y me adelanto. ¿Piso? 5. ¿El mío? 11. ¿Cómo puedo olvidarlo a veces? Un año y medio diría uno que es suficiente. Silencio. Miro al suelo y me pregunto en qué habrá estado pensando la cuarentona cuando se compró esos zapatos. Quizás tengra menos de treinta y yo aquí, juzgando. Miro los míos, morado pasión. Así decía la caja. Los debe haber comprado ayer, para tenerlos en esas condiciones. Quizás anda en plan de conquistar a un carajito bohemio que entra una vez al mes al consultorio. No sé por qué en mi cabeza existe esta historia de la odontóloga asalta cunas.
- ¿Qué palo de agua, no? – dice, como si en ese momento se diera cuenta de que soy un ser humano.
- Pues sí, y nosotros sin agua.
Redoblantes y platillo para mi chiste. Obtuve un ligero “ja” y otra sonrisa distante. ¿Por qué piso iremos? Listo. Otros 6 segundos para las puertas del ascensor.
- Chao.
- Chau.
6 segundos para cerrar. No, en serio. ¿Converse? ¿Recién sacados de la caja? Hasta las trenzas estaban blancas. Este Juan (el chamo que va al consultorio) debe estar bueno. ¿Viste? Ya tiene nombre. Piso 11. Elipsis inconsciente hasta la puerta del apartamento. Un saludo sin respuesta para la señora Bertha, la imagen de la soledad más sola. Soledad sin los beneficios de estar sola.
- No hay agua, niña.
Es lo único que dice. Y ahí vamos, otra vez a llover.
Latitudes del silencio
septiembre 12, 2009
En una calle concurrida de árboles hechos de palitos, un escritor famoso se sentaba siempre en un café con una taza al lado de su cuarderno. El lápiz paseaba dando saltos de un lado de la mesa a los dedos y de vuelta al cuaderno. La gente que pasaba por allí comentaba que jamás lo habían visto poner la punta en el papel. El famoso escritor pasaba horas sentado, casi inmóvil, como si las historias se dibujasen en su mente y no quisiera interrumpir a los personajes.Meses después de cada invierno se podía ver su cara seria en las estanterías de todas las librerías de la ciudad. Libro tras libro se agotaban cada semana las existencias. En primavera no se sabía de él más que por las reseñas de los periódicos. Se decía que pasaba sus momentos de gloria en la montaña.
Una vez, pocos días después de que la nieve abandonara las calles del campo, una joven que recogía los primeros colores de los alrededores se perdió entre los árboles. Tratando de caminar en dirección al sur, la joven dio con una casa de madera golpeada por los años. Desde fuera se veía a dos hombres sentados cerca de la ventana. Le costó un poco pero al rato reconoció la cara de uno de ellos. Era aquél escritor de la ciudad cuyos libros llenaban un estante en su cuarto. Se acercó para tocar la puerta, sin duda aprovecharía la oportunidad de conocerlo. Al hacerlo escuchó que el otro hombre hablaba en un tono má alto del usual. Ella pensó que sería algo sordo. Desde donde estaba se veía el interior de la sala. El hombre era, además, ciego. Tenía la vista perdida en la pared de en frente y un bastón apoyado en el sofá. El escritor, sentado frente a él, sostenía un cuaderno entre las piernas y movía un bolígrafo que casi volaba sobre el papel.
Sin hacer ruido, la joven acercó su cabeza a la puerta y escuchó cómo el ciego hablaba de una mujer que esperaba en un aeropuerto. Al momento cayó en cuenta de que el nombre de esa mujer era el mismo de la protagonista de sus libros favoritos. El hombre contaba con detalle al escritor cómo iba sucediendo la historia que éste luego publicaría en la ciudad. La chica, desepcionada, huyó del sitio pisando unas ramas que estaban por todo el jardín. El escritor la escuchó pero al alzar la vista hacia la ventana no pudo ver nada. Arqueó las cejas y siguió tomando dictado, sin imaginar que alguien conocía su secreto.
Gregoria
julio 5, 2009
Gregoria es una señora anciana, como de ochenta años. Su cabello, que una vez fue claro, ahora es blanco como la leche. Ella vive sola en un apartamento pequeño con su gato blanco, Oscar. Una tarde fría y tranquila, Gregoria decidió irse temprano a la cama. A media noche escuchó un ruido fuerte, como el de un metal pesado que cae sobre el piso de granito. Se levantó para ver si descubría de dónde había salido el sonido y se asomó a la cocina, que estaba iluminada por el foco de la calle. En la mesita comedor estaba sentada una niña, con los pies colgando de la silla. Le señaló con un dedo el lado contrario de la mesa, invitándola a tomar asiento. Sonreída, le contemplaba con expresión atenta, como si quisiera aprenderse sus rasgos con sólo mirarla. Traía un vestido amarillo parecido a los que le ponía su mamá cuando Gregoria era niña. Su cabello y sus ojos claros también se parecían mucho a los suyos.
Una vez sentadas ambas en la mesa, la niña comenzó a hablar. Le dijo que se llamaba Gregoria, pero que todos le decían Goya. La anciana, sin comprender, escuchaba y miraba a la niña mientras esta se levantaba y paseaba por la cocina. Sólo alcanzó a musitar “mucho gusto” cuando la pequeña se detuvo frente a una vitrina. Pasaba sus ojos lentamente por cada una de las figuritas de cerámica y señaló con un dedo una de un gatito blanco que le había regalado el papá de Gregoria cuando esta estaba pequeña. Goya le dijo que ella tenía uno igual a ese y que se lo habían dado cuando el vecino atropeyó a su gato, que era amarillo y se llamaba Manuel.
Mientras la niña hablaba, por la mente de la señora pasaba un torbellino de colores, que a momentos se hacían nítidos y podía ver la casa donde nació. El gato, la bicicleta, el jardín soleado y la pelota que siempre estaba allí. Recordó la noche que le dijeron que su papá había muerto, una semana después de que no había llegado a casa. Se recordó a sí misma sentada en la ventana esperándolo, paciente, con la esperanza fresca de una niña. Volvió a sentir una vez más cómo algo se rompía dentro de su pecho, las ilusiones que perdían fuerza y color.
De pronto, al abrir los ojos, todo estaba en completa oscuridad. Preguntó con voz leve quién había apagado la luz y la voz de su hija le contestó por ensésima vez que estaba ciega. Martina le había contado la historia de cómo una mañana de febrero se había derramado un químico en el pasillo que le había quemado la retina, haciéndole perder la vista por completo, todas las mañanas hasta entonces. Martina respiró hondo y encendió la radio. En la mente de Gregoria todo comenzó a tener sentido de nuevo.
Secreto
julio 5, 2009
A Ñito.
-Fofi es un bichito chiquitico, le digo.
- ¿Y eso cómo es, hija? me dice doña Patria
- Una de esas cosas que lo hacen sentir a uno en casa- respondo orgullosa- ¿no le dice nada?
- Pues, a ver, niña, si lo veo es de vaina.
La señora Patria dice que yo debería dedicarme a limpiar la casa y botar lo que no me sirva. Pero es que no sabe que hasta el polvo me hace llorar. Siempre le digo que es la alergia, cosa que es cierta, pero también me hace llorar. Me hace reír y estornudar. En el polvo encuentro cosas como Fofi. Y a veces la señora Patria barre sin mirar qué bota. Quizás se llevó a Fofi. No lo quiero ni pensar. El polvo me hace llorar.
El desvarío
junio 6, 2009
De la nuca a la rodilla. No se puede ser tan malo en esta vida. El estado de confusión está. Vino de visita y se ha pasado por el corredor desde que amaneció. No es justicia que la risa venga de fuera. La gente no sabe.
La verdad debe estar dibujada en la calva de algún hombre de intelectualidad estratosférica. O quizás en la fuerza eólica de unas pestañas. Si la potencialidad es sólo real cuando se accidenta, la vida es un accidente.
Quizás la verdad baila al ritmo del silencio entre las vueltas del humo de un cigarro. La entierran en tabaco húmedo los narguiles encendidos un viernes por la noche en compañía.
El viaje en autobús por lo urbano de la gente mata cada vestigio de la metafísica original. Las respuestas están en la mano que usa al grafito para convertirlas en papel. La velocidad con la que se escapan permite la huída de algunas, quizás tardías. Las miradas dudosas de quienes se ven obligados a enfrentarse por la vida pecan de injustas.
También están en las personas, dispuestas a bailar sólo frente a quien se muestre sensible a ellas. Hablar de necesitarlas es generalizar.
El viento susurra las respuestas al oído, solamente se necesita hacer las preguntas correctas. Jamás un músculo estará lo suficientemente cansado como para no seguir. La incertidumbre bastará para continuar funcionando, si no se sabe con certeza hacia dónde se va, es más probable que se llegue más rápido.
La estética no llena. El vacío se hace evidente cuando frente a ella no se significa con su interacción. La desnudez en esencia debería bastar. Pero se declarará en guerra contra la simplicidad, decantando en nuevas preguntas. El desvarío parece ser una forma de catarsis. Para quien necesite pruebas de su existencia y pertenencia al mundo: el dolor. La agonía para quien sufra consiente y aún no se encuentre.
No basta con ser un espejo al borde del camino. Todo está allí, lo olemos habitar frente a nosotros como ciegos. Como si un vidrio negro lo mantuviera oculto.
El preludio de tu nombre lo pronunció un camino transitado.