Caminar y pensar

En una playa larga y silente espera él sentado con la mirada fija en los pies. El fuego relame su espalda sin tocarlo, sólo oleadas de calor cortan el frío viento. Ella viene a lo lejos pero parece que estuviera al otro lado del mar. Sólo se ve su silueta nigérrima contoneándose apacible. Sin mediar palabra, él se levanta cuando la siente lo suficientemente cerca y se une a ella en su caminar. Todavía en silencio, ambos se dedican a sentir el mar sin mojarse los pies. Los granos de arena cohesionados sucumben ante el peso y se separan, dejándolos pasar. Dejándolos caminar y pensar. Con la esperanza oliéndoles los labios, el ejercicio mental solitario se sentía acompañado. Han dejado atrás la fogata y las piedras comienzan a sentirse frías junto a la montaña. Los tiempos verbales se toman de la mano y se hacen uno: presente progresivo. Más vale dar la vuelta aquí. De regreso, la voz invade de nuevo las gargantas tan sólo para decir “te quiero”. No hace falta más. No hace falta ni eso. Él la toma por el brazo y deja resbalar sus dedos desde el codo hasta unir su mano con la de ella. Muerden con los pies el camino que les resta hasta el fuego. Las estrellas piden a gritos atención, así que el ahoga un poco las llamas mientras ella extiende una colcha sobre la arena. Allí se encuentran en un abrazo ergonómico horizontal. Seguida de un suspiro, sin hacerse de rogar, pasa la primera estrella fugaz, patrocinante de un deseo compartido; la promesa de envejecer en esa playa, en esa casa que los vigila desde atrás. El horario se ciñe a la noche casi eterna y retrasa el inminente amanecer. Ellos saludan a la luna con un beso sin tocarse los labios. Con una mano que se pasea por el pelo, cierra los dedos alrededor de un mechón y lo hala suavemente para separar sus bocas, comienza el juego. Se miran a los ojos brillantes y viajan rodeados del murmullo de las olas.

Minuto

Un dolor agudo en el cielo de la boca es el dictador del tiempo de mis lágrimas. El minuto está dispuesto a enamorarse de la hora sin importar que hagan falta cincuenta y nueve más como él para llenarla. Aquél que mira y espera en el banco no ve almas cargadas de pasado. Más bien cuenta los pasos firmes mientras van andando. La gramática del sentido se hace ajena a quien observa la respuesta como si de un momento a otro, ésta podría darle en las narices. Más vale callar las verdades que otros dicen. Si en esta realidad el camino es el olvido, que sepa el mundo que en la otra la decisión es acertada. En el contexto de las luces la estructura se lleva a medias. Filtrar el agua lo mejor posible revela poco a poco cómo no es aquí ahora. Allá, es mañana y ayer nunca fue. Pintar armónicas racionaliza el sentimiento. No basta con enunciar para luego permitir a la duda tomar el silencio. El volver del segundero siempre prometió embelesar a los ojos perdidos. Si no se discute sobre uno, será improbable dejar huella. Nadie recuerda imposibles.

Conversaciones de ascensor

 

8:35 pm. Edificio modesto con planta baja ostentosa de reflejos. Una mujer de unos 40 años con converse azules espera el ascensor que baja con flojera del 2.

- Buenas tar… noches (siempre me confundo)

- Buenas.- Sonrisa absolutamente distante, disfraz de “…a las 7 de la mañana y luego hacer el mercado… no me importas, niña… ¿qué es lo que tengo que comprar? ¿La leche se habrá vencido?”

Llega el ascensor y tarda 6 segundos en abrir las puertas, como si hiciera el esfuerzo que yo hago para no dormirme cuando tengo que estudiar. La señora -o señorita- pasa delante de mi y saca su llave. Yo vengo con las mías en la mano y me adelanto. ¿Piso? 5. ¿El mío? 11. ¿Cómo puedo olvidarlo a veces? Un año y medio diría uno que es suficiente. Silencio. Miro al suelo y me pregunto en qué habrá estado pensando la cuarentona cuando se compró esos zapatos. Quizás tengra menos de treinta y yo aquí, juzgando. Miro los míos, morado pasión. Así decía la caja. Los debe haber comprado ayer, para tenerlos en esas condiciones. Quizás anda en plan de conquistar a un carajito bohemio que entra una vez al mes al consultorio. No sé por qué en mi cabeza existe esta historia de la odontóloga asalta cunas.

- ¿Qué palo de agua, no? – dice, como si en ese momento se diera cuenta de que soy un ser humano.

- Pues sí, y nosotros sin agua.

Redoblantes y platillo para mi chiste. Obtuve un ligero “ja” y otra sonrisa distante. ¿Por qué piso iremos? Listo. Otros 6 segundos para las puertas del ascensor.

- Chao.

- Chau.

6 segundos para cerrar. No, en serio. ¿Converse? ¿Recién sacados de la caja? Hasta las trenzas estaban blancas. Este Juan (el chamo que va al consultorio) debe estar bueno. ¿Viste? Ya tiene nombre. Piso 11. Elipsis inconsciente hasta la puerta del apartamento. Un saludo sin respuesta para la señora Bertha,  la imagen de la soledad más sola. Soledad sin los beneficios de estar sola.

- No hay agua, niña.

Es lo único que dice. Y ahí vamos, otra vez a llover.

Latitudes del silencio

 En una calle concurrida de árboles hechos de palitos, un escritor famoso se sentaba siempre en un café con una taza al lado de su cuarderno. El lápiz paseaba dando saltos de un lado de la mesa a los dedos y de vuelta al cuaderno. La gente que pasaba por allí comentaba que jamás lo habían visto poner la punta en el papel. El famoso escritor pasaba horas sentado, casi inmóvil, como si las historias se dibujasen en su mente y no quisiera interrumpir a los personajes.Meses después de cada invierno se podía ver su cara seria en las estanterías de todas las librerías de la ciudad. Libro tras libro se agotaban cada semana las existencias. En primavera no se sabía de él más que por las reseñas de los periódicos. Se decía que pasaba sus momentos de gloria en la montaña.

Una vez, pocos días después de que la nieve abandonara las calles del campo, una joven que recogía los primeros colores de los alrededores se perdió entre los árboles. Tratando de caminar en dirección al sur, la joven dio con una casa de madera golpeada por los años. Desde fuera se veía a dos hombres sentados cerca de la ventana. Le costó un poco pero al rato reconoció la cara de uno de ellos. Era aquél escritor de la ciudad cuyos libros llenaban un estante en su cuarto. Se acercó para tocar la puerta, sin duda aprovecharía la oportunidad de conocerlo. Al hacerlo escuchó que el otro hombre hablaba en un tono má alto del usual. Ella pensó que sería algo sordo. Desde donde estaba se veía el interior de la sala. El hombre era, además, ciego. Tenía la vista perdida en la pared de en frente y un bastón apoyado en el sofá. El escritor, sentado frente a él, sostenía un cuaderno entre las piernas y movía un bolígrafo que casi volaba sobre el papel.

Sin hacer ruido, la joven acercó su cabeza a la puerta y escuchó cómo el ciego hablaba de una mujer que esperaba en un aeropuerto. Al momento cayó en cuenta de que el nombre de esa mujer era el mismo de la protagonista de sus libros favoritos. El hombre contaba con detalle al escritor cómo iba sucediendo la historia que éste luego publicaría en la ciudad. La chica, desepcionada, huyó del sitio pisando unas ramas que estaban por todo el jardín. El escritor la escuchó pero al alzar la vista hacia la ventana no pudo ver nada. Arqueó las cejas y siguió tomando dictado, sin imaginar que alguien conocía su secreto.

Gregoria

Gregoria es una señora anciana, como de ochenta años. Su cabello, que una vez fue claro, ahora es blanco como la leche. Ella vive sola en un apartamento pequeño con su gato blanco, Oscar. Una tarde fría y tranquila, Gregoria decidió irse temprano a la cama. A media noche escuchó un ruido fuerte, como el de un metal pesado que cae sobre el piso de granito. Se levantó para ver si descubría de dónde había salido el sonido y se asomó a la cocina, que estaba iluminada por el foco de la calle. En la mesita comedor estaba sentada una niña, con los pies colgando de la silla. Le señaló con un dedo el lado contrario de la mesa, invitándola a tomar asiento. Sonreída, le contemplaba con expresión atenta, como si quisiera aprenderse sus rasgos con sólo mirarla. Traía un vestido amarillo parecido a los que le ponía su mamá cuando Gregoria era niña. Su cabello y sus ojos claros también se parecían mucho a los suyos.

Una vez sentadas ambas en la mesa, la niña comenzó a hablar. Le dijo que se llamaba Gregoria, pero que todos le decían Goya. La anciana, sin comprender, escuchaba y miraba a la niña mientras esta se levantaba y paseaba por la cocina. Sólo alcanzó a musitar “mucho gusto” cuando la pequeña se detuvo frente a una vitrina. Pasaba sus ojos lentamente por cada una de las figuritas de cerámica y señaló con un dedo una de un gatito blanco que le había regalado el papá de Gregoria cuando esta estaba pequeña. Goya le dijo que ella tenía uno igual a ese y que se lo habían dado cuando el vecino atropeyó a su gato, que era amarillo y se llamaba Manuel.

Mientras la niña hablaba, por la mente de la señora pasaba un torbellino de colores, que a momentos se hacían nítidos y podía ver la casa donde nació. El gato, la bicicleta, el jardín soleado y la pelota que siempre estaba allí. Recordó la noche que le dijeron que su papá había muerto, una semana después de que no había llegado a casa. Se recordó a sí misma sentada en la ventana esperándolo, paciente, con la esperanza fresca de una niña. Volvió a sentir una vez más cómo algo se rompía dentro de su pecho, las ilusiones que perdían fuerza y color.

De pronto, al abrir los ojos, todo estaba en completa oscuridad. Preguntó con voz leve quién había apagado la luz y la voz de su hija le contestó por ensésima vez que estaba ciega. Martina le había contado la historia de cómo una mañana de febrero se había derramado un químico en el pasillo que le había quemado la retina, haciéndole perder la vista por completo, todas las mañanas hasta entonces. Martina respiró hondo y encendió la radio. En la mente de Gregoria todo comenzó a tener sentido de nuevo.

Secreto

A Ñito.

-Fofi es un bichito chiquitico, le digo.
- ¿Y eso cómo es, hija? me dice doña Patria
- Una de esas cosas que lo hacen sentir a uno en casa- respondo orgullosa- ¿no le dice nada?
- Pues, a ver, niña, si lo veo es de vaina.

La señora Patria dice que yo debería dedicarme a limpiar la casa y botar lo que no me sirva. Pero es que no sabe que hasta el polvo me hace llorar. Siempre le digo que es la alergia, cosa que es cierta, pero también me hace llorar. Me hace reír y estornudar. En el polvo encuentro cosas como Fofi. Y a veces la señora Patria barre sin mirar qué bota. Quizás se llevó a Fofi. No lo quiero ni pensar. El polvo me hace llorar.

El desvarío

 

De la nuca a la rodilla. No se puede ser tan malo en esta vida. El estado de confusión está. Vino de visita y se ha pasado por el corredor desde que amaneció. No es justicia que la risa venga de fuera. La gente no sabe.

La verdad debe estar dibujada en la calva de algún hombre de intelectualidad estratosférica. O quizás en la fuerza eólica de unas pestañas. Si la potencialidad es sólo real cuando se accidenta, la vida es un accidente.

Quizás la verdad baila al ritmo del silencio entre las vueltas del humo de un cigarro. La entierran en tabaco húmedo los narguiles encendidos un viernes por la noche en compañía.

El viaje en autobús por lo urbano de la gente mata cada vestigio de la metafísica original. Las respuestas están en la mano que usa al grafito para convertirlas en papel. La velocidad con la que se escapan permite la huída de algunas, quizás tardías. Las miradas dudosas de quienes se ven obligados a enfrentarse por la vida pecan de injustas.

También están en las personas, dispuestas a bailar sólo frente a quien se muestre sensible a ellas. Hablar de necesitarlas es generalizar.

El viento susurra las respuestas al oído, solamente se necesita hacer las preguntas correctas. Jamás un músculo estará lo suficientemente cansado como para no seguir. La incertidumbre bastará para continuar funcionando, si no se sabe con certeza hacia dónde se va, es más probable que se llegue más rápido.

La estética no llena. El vacío se hace evidente cuando frente a ella no se significa con su interacción. La desnudez en esencia debería bastar. Pero se declarará en guerra contra la simplicidad, decantando en nuevas preguntas. El desvarío parece ser una forma de catarsis. Para quien necesite pruebas de su existencia y pertenencia al mundo: el dolor. La agonía para quien sufra consiente y aún no se encuentre.

No basta con ser un espejo al borde del camino. Todo está allí, lo olemos habitar frente a nosotros como ciegos. Como si un vidrio negro lo mantuviera oculto.

El preludio de tu nombre lo pronunció un camino transitado.

Salve

 

Salve, oh reina enmascarada. ¿Quién soy yo para develar tu secreto? Arlequín pobre, duelo de colores. Un río dorado nos separa. Un puente une las orillas, faltan tablas en él y las barandas están llenas de espinas. Cerca; no tan cerca. Ha de ser tu amante fiel y eterno, el dedo que posa la mano sobre la cuerda de la guitarra, esforzándose por deleitarte. Cuando te vayas, ¿Quién escuchará mis canciones? ¿Quién será el pájaro que protagonice los versos de media tarde? Ya sucede, tu abanico no agita más el viento sereno, tu antifaz aparece en cada silla, en cada cuadro y cada tonada. Siempre en la risa de una mujer hermosa, nunca sobre tus ojos. Los recuerdos llegan melancólicos, se presentan inmunes al olvido, expectantes a la reacción de mi mente. Reina de los pasillos, acude a los llamados que te hago en mis sueños, seca mis lágrimas como lo hice yo alguna vez. Aparece nuevamente, devuelve la vida y el sentido a mis canciones. Le ruego perdone usted mi atrevido acercamiento y mi triste enfrentamiento, no puede censurarme cuando ya ha hecho usted que la ame.

14 de octubre

No perteneces a este mundo,
las hadas aquí te ensordecen con su canto.
Prefieres aquél, en el que los destellos de luz falsa te deslumbran,
es más fácil dejarte llevar por esa, tu otra realidad.

Aquí los árboles son demasiado verdes y grandes para ti,
el cielo se abre inmenso, imponente y tú, quedo,
prefieres bajar la mirada y cerrar los ojos.
Tus alas no se abrirán más para volar hasta mi.

El agua del río es fría, tu reflejo no pasa más por allí,
decidiste ahogarte entre las sombras.
Ya la cueva no es tu lugar favorito,
entra demasiada luz y tú sólo quieres huir de ella.

Tu voz se oye lejos, siempre escucho cómo ries al caer la tarde.
Sólo tú sabes si es una risa cálida y real o una máscara más de las tuyas.
Dedicas día y noche a engañarte, pero a veces,
a veces estiras tu mano para tocarme… nunca lo haces.

Suenan las campanas, ya debo regresar.
Sabes cómo encontrarme, di mi nombre,
piensa en mi y yo sabré acudir a ti, ahora regresa
te espera una realidad que sólo tú conoces.

Ya no hay espacio allí para mi.

El papá de los helados, Rey de las rancheras

A petición de mi querida amiga Jess.
Quién no abrió los ojos y alzó las cejas a alturas preocupantes la noche en que RCTV, que aún no tenía la coletilla de “internacional”, televisó el momento en que aquel muchacho de tez blanca tomó su decisión final. Era la respuesta definitiva.
Quizás entre nosotros hubo quien gritara delante del televisor “No, no, por favor, no!”, como si se tratara de una película de terror. Los que lo vieron por internet, ya estando avisados, se debatían entre la sorpresa y la risa.
Con una música de fondo que tensaba más elambiente, la sonrisa expectante del público y del Señor Eladio, surgieron titubeos. La opción de “el alma de la fiesta” tuvo su breve momento, luego “el papirruqui” se mostró más contundente. La pregunta, bastante difícil, la decisión aún más. El dolor de contar sólo con dos comodines y gastarlos estaba latente.
Al fin, después de un 50 y 50 y algunos alaridos de los televidentes, surgió la respuesta. Sus padres sonreían, quizás ellos tenían alguna idea, su madre se tocaba el cabello nerviosa.
Y fue desde allí, desde esa silla, frente a la pantalla que mostraba las dos opciones, que la pronunció. “La b, el papá de los helados”, la respuesta definitiva.

Eladio pide que la audiencia cante la canción, nadie la entonó más fuerte que su propia madre, toda Venezuela la vio desgañitarse.
Aplausos, risas y una tez notablemente colorada más tarde, la respuesta titilaba en verde.

Hoy, quien es conocido como “El papá de los helados”, lleva una vida tranquila apadrinado por la antimemoria de los televidentes. Seguramente todos concordamos en que los quince minutos de fama que nos corresponden a cada uno no siempre son de buena fama. Hay que pensar en la valentía que requiere televisarlos.

Si bien es cierto que este es un programa que pone a prueba el conocimiento sobre cultura general, no es pertinente asumir que todo se puede preguntar. ¿Acaso todos escuchamos rancheras? ¿quién dijo que éstas son cultura general? ¿Vivimos en México? No siempre es suficiente con que Chávez cante la canción en cadena nacional para que esta se haga popular.

Insisto, ¿cuántos litros de materia gris debería almacenar el ser humano en su cabeza para saber todo esto? ¿cómo evitar los vicios que dañan a las neuronas? Si es así, sólo los cuerpos y mentes sanas, súper dotadas y bien educadas podrían participar en el programa. ¡Por Dios, señores, estamos en Venezuela! ¡Por algo somos un país tercermundista!

Así pues, deberíamos reunirnos para dar reconocimiento a un hombre que nos recuerda que siempre se puede estar peor. Es por él que sabemos que no importa cuánto creemos que sabemos, nunca lo sabremos todo. Gracias por enseñarnos que la vida sólo se puede disfrutar realmente cuando somos capaces de reirnos de nosotros mismos en público, por hacernos vivir tantas emociones en dos minutos y medio. Gracias por tan buen show.

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